
Algunos personajes se convierten en leyendas. Otros existen para mostrarnos en qué deberían haberse convertido esas leyendas. Garek Bandarion pertenece al segundo grupo.
Durante décadas, Arthas Menethil ha representado una de las mayores tragedias de Warcraft: un príncipe que quería salvar a su pueblo a cualquier precio, un paladín que había jurado luchar contra el mal y un hombre que, finalmente, se convirtió exactamente en aquello que había jurado destruir.
La historia de Garek es diferente, pero los paralelismos entre ambos hacen que resulte fascinante, porque Garek es, en muchos sentidos, todo lo que Arthas debería haber sido.
Ambos eran hombres de Lordaeron, pero vivieron el deber desde lados completamente opuestos. Arthas era su príncipe, criado para heredar el reino y entrenado por Uther como paladín. Garek era simplemente un guardia que protegía a la gente corriente desde las calles. Arthas quería salvar Lordaeron desde arriba; Garek aprendió desde abajo lo que realmente significaba protegerlo. Para él, el deber no tenía que ver con la gloria ni con el destino. Significaba permanecer junto a quienes necesitaban ayuda, incluso cuando nadie fuera a recordar su nombre.
Esa diferencia cobra todavía más importancia cuando todo se derrumba. Arthas se convence poco a poco de que el fin justifica los medios, incluso matar si es necesario. Cada vez que cruza una línea moral aparece otra delante de él, hasta que finalmente ya no queda ninguna. Sacrifica su humanidad porque está aterrorizado ante la posibilidad de perder su reino y a las personas que ama.
Garek, en cambio, realmente lo pierde todo. Su reino cae. Su antigua vida desaparece. Todo aquello que amaba se desvanece. Su mentor muere ante sus propios ojos…
Él mismo muere y despierta convertido en uno de los no-muertos contra los que antes luchaba. Y es precisamente aquí donde sus historias se separan por completo. Arthas permite que aquello en lo que se convierte determine quién es. Garek intenta decidir quién será a pesar de aquello en lo que se ha convertido.
Arthas tenía todo aquello que Garek no tenía: una corona esperándolo, Uther como mentor, Jaina a su lado, un padre que confiaba en él y, por encima de todo, la Luz. Desde el principio recibió los ideales de un paladín, pero los abandonó cuando dejaron de resultar convenientes para su misión. Garek tiene que encontrar esos mismos ideales después de haber perdido casi todo aquello que alguna vez lo definió. Arthas recibió la Luz, aunque no la merecía. Garek conecta con ella a través de la humildad, la necesidad y la fe.
Su forma de entender el heroísmo también es radicalmente distinta. Arthas siempre tiene que seguir avanzando, engreído y hasta cierto punto arrogante. Persigue a Mal’Ganis, viaja a Rasganorte, busca a Frostmourne y termina obsesionado con ganar, sin escuchar a nadie salvo a su propio ego y a su sed de venganza.

Garek procede de una tradición mucho más sencilla: la del soldado que se queda atrás para proteger a aquellos que todavía pueden ser salvados. A veces, defender un reino no consiste en matar al monstruo. Otras veces, consiste simplemente en sacar a alguien de una casa en llamas.
Y puede que esa sea la mayor diferencia entre ambos. Arthas responde al dolor intentando controlar el mundo. Garek sufre y tiene que aprender a seguir formando parte de él. Arthas convierte la pérdida en obsesión; Garek puede convertirla en propósito. Arthas crea un ejército de no-muertos arrebatándoles su voluntad, mientras que Garek pasa a formar parte de una sociedad de Renegados que intenta recuperar la suya.
Hay una amarga ironía en todo esto. Arthas era el legítimo heredero de Lordaeron, mientras que Garek no era más que uno de sus guardias. Sin embargo, el príncipe terminó destruyendo el reino que había nacido para proteger, mientras que el guardia continúa llevando consigo una parte de aquello que Lordaeron representó una vez.
Garek no necesita reemplazar a Arthas, ser más poderoso que él ni empuñar su propia Frostmourne. Su importancia reside en otro lugar. Nos muestra aquello que Arthas debería haber comprendido.

Ambos hombres perdieron su mundo a manos de la Plaga. Ambos se encontraron con la muerte. Ambos se convirtieron en algo que jamás habrían podido imaginar. Pero Arthas contempló un mundo que no podía controlar y se sacrificó a sí mismo, pedazo a pedazo, hasta obtener el poder suficiente para dominarlo y reducirlo a cenizas. Garek contempló las ruinas de ese mismo mundo y aun así encontró algo valioso en cada Renegado, algo que merecía la pena salvar.
Uno era un príncipe. El otro, un guardia. A uno le fue entregada la Luz y terminó abrazando la oscuridad. El otro atravesó la oscuridad y aun así siguió buscando la Luz.
Y por eso Garek representa todo lo que Arthas debería haber sido. Porque ser paladín nunca consistió simplemente en empuñar la Luz.
Consistía en recordar cuál era tu papel en el mundo.
«SÉ QUIEN ESTABAS DESTINADO A SER».

Deja una respuesta